jueves, 25 de agosto de 2016

La Misa de Fray Antonio de la Concepción (ocurrió en el templo de San Francisco)

En la noche silente, la campanilla lanzó sus sonidos llamando a los monjes del convento para el oficio divino nocturno con el cual finalizaban las tareas del día. A poco, por lo ambulatorios, una gran fila de siluetas, en medio de un silencio que solamente interrumpe el ruido del roce de las sandalias producido en el piso, se dirige al coro del templo en donde cada uno fue ocupando el sitial respectivo y, el prior el de la parte central, que luce el Escudo de Manos Cruzadas de los franciscanos.

Pintura de Mariano de Jesús Torres, así lucía el complejo
conventual franciscano antes de la exclaustración aun con
el templo del Tercer Orden en pie (Imagen www.espejel.com)

A poco los salmos y antífonas inundan el recinto, voces que rebotan en los muros como si fueran quejas que lanza la cantera rosa y que en esta forma toma parte de aquella oración. Fray Antonio de la Concepción, sin contestar a las salmodias y sin darse cuenta de lo que lo rodea, se mantiene taciturno y meditabundo. ¿Acaso pensaba en la oración ferviente que sus compañeros elevan al Señor en coro monocorde? No, el divaga en una obsesión que le roba el alma, alma que había jurado entregar de lleno a la santidad y al sacrificio, pero el recuerdo de su primer amor, Rosalinda, no le dejaba ni por un momento y que había renunciado a él, para cumplir con su nuevo propósito de recluirse en el convento. Ella le había sido infiel entregando su corazón a otro.
Después del oficio, cada uno de los monjes sale y en correcta formación, va penetrando en la severidad de su celda.
El prior se dirige al asceta atormentado y le dice: 

-Fray Antonio, no rezó el oficio como es debido. ¿Qué le pasa a su reverencia?

-Perdone su paternidad, tengo una pena muy honda que me está devorando en mi interior.

- ¿Tan grande es así? Pida a Nuestro Padre San Francisco que le ayude en su trance. Usted ha concluido su carrera sacerdotal y es justo que cante su Primera Misa.

-No me atrevo, Reverendo Padre, porque sería una profanación al ministerio.

-Si gusta hermano, puedo oírle en confesión.

-No es necesario, puedo hablarle a usted como a un amigo, de hombre a hombre.

-Vayamos pues a mí celda y ahí hablaremos.

Y aquellos dos hombres cuyas figuras van por los claustros, iluminados por la escasa luz que de tramo en tramo alumbran las farolas somnolientas, toman hacía el lugar señalado.

-Pase hermano y abra su corazón para que yo pueda saber y comprender lo que encierra.

-Reverendo Padre, hace tiempo conocí a una joven tan hermosa como esa virgen que orna está su celda.

-Fray Antonio, esa es una irreverencia, ¡casi una blasfemia!

-No Reverendo Padre, no la quise comparar con la virgen del cielo, sino con la que pintó el pincel del artista. En tal caso, perdone mi atrevimiento.

-De todas maneras, no se deje llevar por las apariencias. Continúe con su historia.

-Locamente me enamore de esa criatura. Alcance su correspondencia, pero la cuestión de posiciones sociales se opuso a mi amor.

-Sin duda esta dama atraída por el físico de usted. ¿No es así?

-Tal vez; pero al darse cuenta que yo era un pobre estudiante cambió de parecer. Ella rodeada de comodidades y riqueza y yo, como digo a usted, sin tener más que mi estudio, me fue negada su predilección. Al interrumpir nuestro noviazgo vino un alto caballero de la sociedad moreliana quien fue recibido por ella con los brazos abiertos. En mi corazón nació el despecho y el deseo de venganza y de matar; pero otro amor más sublime desbarató mis propósitos, el amor de mi madre. El vicio de la embriaguez susurro sus insinuaciones a mis oídos; pero, no encontrando placer en el para disipar mi pena, decidí venir a este convento y heme aquí un monje sin vocación, escondiendo mi dolor bajo este sayo que ha cubierto mi débil humanidad.

-Fray Antonio, yo lamento su situación y le aconsejo que se entregue en brazos de Jesús y de Nuestro Padre San Francisco. Ellos son tan buenos y misericordiosos que le han de marcar el sendero que le conduzca a la tranquilidad. Su Primera Misa la cantará cuando efectivamente le dejen esas preocupaciones. Haga penitencia, use el cilicio del ayuno y de la disciplina para que pueda dominar ese cuerpo, esa carne que tortura su alma. Ya verá como su espíritu se tranquilizará.

-Bien, Reverendo Padre, así lo haré.

Entre las sombras de los pasillos y después de la obligada despedida del Padre Prior, el fraile atormentado se dirige a su celda para meditar sobre los consejos del superior. Hizo firme propósito de llevar exactamente tales indicaciones. Su vida, desde aquellos momentos fue ejemplar, ciñéndose completamente a los reglamentos monásticos, pero jamás pudo borrarse de su mente el recuerdo de Rosalinda. La sentía cerca de él, en su celda, en el refectorio, en el jardín, etcétera, siempre estaba presente.
En tal ejemplo las imágenes femeninas se transformaban en ella. Con las melodías sacras se imaginaba su voz. Todo era para él un tormento. La disciplina y la obsesión fueron minando paso a paso su organismo, hasta que la neurastenia le hizo presa.

-Hermano, le decía el Prior, ¿no ha sido posible que borre de su mente ese recuerdo tenaz que le está consumiendo?

-No, Reverendo Padre, desgraciadamente no.

-Qué malo, no se deje dominar por esa tentación. No permita que el demonio se apodere de su alma. Redoble su oración, su penitencia. Hace tiempo lo espera el altar y su primera misa debe ya cantarla. Si no, la celebrará después de muerto.

-Tal vez, pero no me siento en íntimo contacto con Dios.

Como era natural, aquel hombre aprisionado por el amor terreno y la decepción, entregó su ser a la muerte, terminando así el eterno enamorado, Fray Antonio de la Concepción.
Toda la comunidad, lamentando el suceso, llevó a efecto sus exequias en medio de cantos penitenciales y rezos profundos, siendo colocado en su tumba donde reposaría para siempre.
Al poco tiempo, y al sonar las doce de la noche, el toque de la campana mayor del templo franciscano llamaba a misa. Los monjes sorprendidos indagaban el porqué del fenómeno.
Vieron que la campana sonaba sola y oyeron que en la nave del recinto oíase una voz que musitaba las oraciones de la misa. Al penetrar ahí, nada, solamente reinaba la soledad y las sombras.

-Es la voz de Fray Antonio de la Concepción, dijeron unos religiosos. ¡Recemos por su alma!, y de rodillas imploraron por él.

Los muros con sus ecos, parecía que se identificaban para reforzar la oración: "Réquiem aeternam dona eis, Domine, Et lux perpetua luceat eis. Requiescat in pace. Amen", musitaron todos.
Se decía y aun se dice, que en algunas noches se oyen las campanadas llamando a misa. La gente del Barrio de San Francisco borda mil leyendas y conjeturas de ello y, cuando escuchan los broncíneos sonidos se santiguan y sobrecogidos de terror, recitan un ¡Ave María Purísima!, ¡Líbranos Señor!....




Fuente: Chávez, A. Morelia y sus Nomenclaturas. 1983. Morelia, México.

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