jueves, 15 de septiembre de 2016

El Tesoro de San Francisco y los Insurgentes (ocurrió en el Convento de San Francisco)

Muchas leyendas se han tejido basándose en la turbulenta historia que tiene la ciudad, una de ellas está, que cuando se se lee es capaz de transportar a otra época, para después quedarse con una sola duda.....¿acaso fue real este hecho?....y de ser así ¿qué ocurrió?, la verdad quizá nadie la sepa, pero tales palabras pasaran de generacion en generacion como lo han hecho hasta ahora. A continuación les dejo el texto en que se narra como ocurrieron los hechos en este, uno de los sitios con mayor misticismo de nuestra Morelia, juzga tu mismo y decide si creer o no creer.

Templo de San Francisco en la actualidad

Indagando yo una vez algunas noticias acerca de don Mariano Matamoros, tropecé con un viejo gordo, de cara ancha y redonda, de hablar insinuante, y pausado, criticón en demasía, sincero y generoso, indio de pura sangre, no pobre pero tampoco rico, empuñando siempre un bastón matacán, embozado en las aguas y en la seca, en el invierno y en el estío, con capote gris de paño de lana, amante de anécdotas y de leyendas, de cuentos y de historias, con ímpetus agresivos a las veces. Este buen señor me llevó a un bodegón del costado sur del mercado de la Constitución, que habita una familia pobre que se mantiene de vender canastas de carrizo, petates de tule, cucharas de palo, mecates y costales de ixtle, molcajetes de piedra china, loza de barro y otros chismes. Este bodegón apuntado que ve usted -me dijo-, era el descanso o sala De Profundis de los Hermanos Terceros de San Francisco. Ahí esta la alacena donde se guardaban el paño mortuorio, los cuatro candeleros negros, los cirios amarillos, el crucifijo, y estandarte con el escudo de la orden. Ahí está el poyo donde se sentaban los veladores. Ahí está la puerta que comunicaba con la casa del sacristán a donde los Hermanos Terceros que velaban, iban a tomar el café o las hojas de naranjo para soportar la desvelada. Pues bien, aquí velaron el cadáver de Matamoros, después de haber sido fusilado. Después me condujo a otro bodegón ocupado por otra familia cuyo comercio consiste en vender trastos de barro de Tzintzuntzan; Santa Fé y Pinicuaro. Este se encuentra en la parte sur de las ruinas del convento de San Francisco. Es de bóveda de crucería con una magnífica puerta románica coronada por el escudo de la orden; la cruz sobre el mundo, dos manos llagadas y cruzadas a la mitad de la cruz y las cinco llagas. Las maderas de la puerta labradas en cedro, ostentan envejecidas el bello arte de los maestros carpinteros antiguos que esculpían y ensamblan con un primor jamas igualado. Este salón -me dijo-, era el anterefectorio; sobre esos poyos que hay a lo largo de los muros, aguardaban los padres la señal para entrar a refocilarse. Por la otra puerta, por la puerta de sobria arquitectura penetramos en salón inmenso de bóveda de cañón. Este salón de gigantescas proporciones era el salón de penitencia. Aquí se disciplinaban los frailes antes de ir al refectorio por la noche.

De allí me condujo al patio principal o claustro del convento de arquitectura bizantina donde está la gran escalera en cuyo fondo hay una puerta que parece a todas luces estar tapiada con ladrillo y argamasa. Esta puerta - me dijo- tiene un secreto que quizá sólo yo sepa; porque fui acólito del convento en mi niñez y de entonces acá no he revelado a nadie; más ya que usted es amante de cosas misteriosas y secretas voy primero a abrir la puerta para penetrar en el escondite. Venga usted por aquí, me dijo, y me llevo por el lado del patio chico donde me mostró una pequeña claraboya guarnecida de una reja de hierro en forma de cruz, situada como a tres metros del suelo. Por aquí, me dijo, penetra el aire y la luz al escondite. Y subiéndose en un cajón de empaque para ponerse a la altura de la claraboya, cogió el centro de la reja dándole media vuelta sobre el centro. Se escuchó un rechinido propio de los hierros enmohecidos, como crujir de goznes. Entonces acudimos a la puerta tapada, y vi que aquel bloque de ladrillos y argamasa encuadrado en una armadura de hierro se había abierto al empuje de una bien arreglada combinación de palancas. Penetramos en aquel cuarto iluminado apenas por la débil claridad que entraba por la claraboya y pude ver en el fondo otra puerta angosta y un poco más alta que un hombre.

Abrimos la madera que era de primorosa marquetería. Encendimos unos cerillos y comenzamos a bajar por una angosta escalera hasta poner los pies en el pavimento de una sala cuadrada con recia bóveda de crucería, de cuyo centro pendía una araña de hierro. Buscamos algo en que subirnos para alcanzar un cabo de vela de cera que aún estaba en uno de los arbotantes y lo encendimos. A la luz de aquella cera antigua e inesperada comenzamos a examinar una a una todas las losas sepulcrales que estaban alineadas a lo largo de los cuatro lienzos del muro que formaban la sala. Uno de los nichos mortuorios estaba vacío y junto a el había un montón de escombros.

Aquí, me dijo, estaba escondido un tesoro desde tiempo inmemorial y fue descubierto de la manera que voy a referir a usted. Nos sentamos sobre los escombros y después de toser dos o tres veces en voz que resonaba lúgubremente en aquel recinto subterráneo, habló poco más o menos de la siguiente manera:

Era el primer año de la guerra de independencia, las autoridades virreinales habían enviado al convento de San Francisco a unos españoles y a unos criollos en calidad de prisioneros por creérseles con fundamento, complicados en la insurrección contra el rey. El guardián del convento recibió a los prisioneros; más como buen mexicano era amante de la independencia de su país, y por lo mismo los ocultó en este sótano donde estamos, simulando que se habían escapado durante la noche por las tapias del convento. Sólo el sabía el secreto y a mañana y a tarde les llevaba agua y alimentos para sostener su vida. Así estuvieron por algunos días mientras se disipó la tormenta desatada contra el patriota guardián.

Un día o más bien una noche, porque aquí siempre es de noche, que uno de los encerrados clavaba unos clavos para colgar los sombreros y las ropas, notó que los clavos se hundían tan fácilmente como si aquella pared estuviera hueca, aparte de un sonido metálico muy fino que se producía por detrás del muro.

Al venir el guardián a traerles los alimentos, le hicieron observar aquellos sonidos, e inmediatamente procedieron a echar abajo la pared de tabique. !Oh asombro! De arriba a abajo estaba el nicho repleto de sacos de pesos españoles ennegrecidos por la acción de los años. Sacaron aquel dinero enseguida y fue siendo trasladado poco a poco a la tesorería del convento sin haber memoria de aquel guardado cuantioso.

Habían pasado los días y la insurrección seguía adelante. El guardián dio libres a los españoles y a los criollos que de noche salieron de la ciudad para incorporar a las fuerzas de aquel rayo de la guerra que rompió el sitio de Cuautla, llevando consigo una carta que ponía a disposición del caudillo para los gastos de la guerra aquel tesoro descubierto en la cripta olvidada del convento de San Francisco.

Salimos de aquel escondite ya entrada la noche. Nuestros pulmones ya necesitaban respirar libremente y a bocanadas el aire libre. El señor de hablar insinuante y pausado cerró de nuevo la puerta de ladrillos y argamasa para no abrirse jamás, volteando al contrario la reja en forma de cruz de la claraboya y nos despedimos abismados y pensativos.

Al día siguiente de estos sucesos hice una visita al guardián moderno de San Francisco, preguntándole algo relativo a lo que me había referido el indio de hablar insinuante y pausado a la mortecina luz de antiguo cabo de vela sentados sobre los escombros de una sepultura, respirando un aire encarcelado y caliente.

Una sonora carcajada del guardián resonó en la antesacristía del templo perdiéndose de eco en eco: -"No, amigo mío, no es cierto nada de eso. Es una leyenda como cualquiera otra. Tengo en mi poder un papel viejo que voy a enseñar a usted."

Se levantó de su asiento el buen religioso y se encaminó a un cofrecillo, de donde saco un papel amarillento escrito con pluma de ave y letra española, que a la letra dice:

En este convento de mi cargo estaban y fueron puestos en libertad diez y ocho europeos, cuyos nombres ignoro, porque en la entrega que se me hizo de ellos, no se me acompañó lista; y aunque en la misma noche del veinte y seis fueron conducidos en compañía de los inocentes europeos seis delincuentes criollos, que admití sólo por las circunstancias: éstos a la noche siguiente se fugaron por las tapias del convento.

Dios guarde a Vuestra Merced muchos años, Valladolid 29 de diciembre de l8l0. Fray Miguel Rodríguez. General de San Francisco. Señor Alcalde de Segunda División Ramón Huarte.

-"Este documento le prueba a usted que todo lo que le refirieron a usted no es más que un cuento fantástico.
Por lo demás ni había tal tesoro, ni ocultaron a los prisioneros, ni favorecieron la fuga, ni enviaron carta a Morelos, ni aunque hubiera habido tesoros se le habría mandado un solo centavo, dado que de lo que es de la comunidad, no podemos disponer sin autorización superior, ni nos metemos, ni podemos meternos en política, aunque seamos mexicanos y por lo mismo patriotas."

El Sol había llegado a la mitad del cielo lanzando flechas encendidas, cuando yo salí de la antesacristía de San Francisco, deslumbrado por la aparición de la verdad sencilla y placentera.

Días después tropecé casualmente con mi viejo narrador, enseñándole el documento que tomó en sus manos y leyó detenidamente después de calarse la empañadas gafas.

-"Es la verdad-me dijo-, pero cómo anda usted a caza de leyendas, no tuve empacho en urdir la que le conté para divertirlo un rato. Si hice mal perdóneme, pero creo que los cuentos referidos por mi son muy divertidos. . 

Después de tenderme y estrecharme la mano se alejó paso a paso, contoneándose como pavo mexicano por no decir guajolote.
Como me lo contaron te lo cuento.

Vista de lo que sobrevive del convento
Franciscano de Valladolid

jueves, 8 de septiembre de 2016

La Azucena de las Carmelitas (ocurrió en el desaparecido Beaterio de las Carmelitas Descalzas)

Todos los rincones del centro histórico de la ciudad siempre tienen algo que contar, desafortunadamente con el paso del tiempo esos secretos resguardados van desapareciendo o quedando olvidados tras los muros de los templos, conventos y casonas antiguas, tal es el caso de este suceso que ocurrió en el desaparecido Beaterio de las Carmelitas Descalzas de Valladolid y que se aferra a desaparecer de la tradición oral de la virreinal Morelia; a pesar de que del lugar referido apenas queda un cascajo de lo que antiguamente fue, esta leyenda se niega a desaparecer. Este hecho ocurrió en lo que actualmente conocemos como la Central Vieja de Autobuses, en la zona sur del centro de la ciudad y ha pasado generación tras generación de la siguiente manera:

El Convento de las Carmelitas que estaba al sur de Morelia quedó, como todos, reducido a ruinas hace más de medio siglo. Una iglesita con su campanario en forma de palma con tres campanas y una esquila para llamar a maitines, que llevaban los respectivos nombres de Teresa, Juana, Guadalupe y María, se levantaba en la esquina del convento. Un espacioso claustro poblado de celdas con su bulliciosa fuente en el centro rodeada de olorosos naranjos. A unos veinte pasos de la fuente se erguía un corpulento y obscuro ciprés. En uno de los testeros del claustro se mecía como flotante pabellón, una olorosa mosqueta que en armonía con los azahares de los naranjos saturaban de aromas el ambiente. En el lado opuesto una frondosa bugambilia o camelina morada sombreaba la celda de la madre abadesa. Más allá del claustro se extendía la huerta de limoneros, naranjos, duraznos, chirimoyos y demás árboles frutales. Eran allí cultivadas también toda clase de flores y rosas que esmaltaban el jardín y embalsamaban el ambiente. En el medio de la huerta había un pozo de agua cristalina y dulce, sombreado por un fresno de admirable corpulencia. Un muro de calicanto circundaba el convento y la huerta, dejando ver por encima las copas del fresno, del ciprés y de los demás árboles, y estando coronado de yedras y campanillas que se derramaban por la parte de afuera, alegrando las vecinas callejas de casas destartaladas y mohosas. Junto a la portada del convento un azulejo incrustado en el muro decía: Beaterio de Carmelitas.

Allí vivían las religiosas ocupadas día por día en la oración, en la asistencia al coro y a los divinos oficios, en la enseñanza y educación de las niñas pequeñas, en la fabricación de los famosos guayabates y en el cuidado del jardín y de la huerta. Esto es: servían a Dios, a los demás y a sí mismas.

Entre ellas pasaba la vida tranquila y reposaba una joven de veinte abriles de una hermosura incomparable, rostro ovalado, nariz recta, ojos grandes y azules, boca pequeña de labios delgados y rojos como cacho de granada, la barba partida, al reír dos hoyuelos en las mejillas, oídos nacarinos y transparentes; cabellera larga y dorada. Su busto alto y mórbido, el cuello y los brazos torneados y las manos aristocráticas. Su cuerpo elevado, esbelto y flexible. Sus pies pequeños y firmes. Su fisonomía y sus ademanes revelaban su alcurnia. Era doña María Fuensálida, marquesa de Aldara y que en religión llevaba el humilde nombre de sor Angélica de la Cruz.

Fachada de la Capilla del Beaterio de las
Carmelitas, es lo único que sobrevive del
complejo conventual


Su vocación al estado religioso había sido decidida y comprobada, y en la corte de México no hubo medio de apartarla de ella. Muchos nobles y ricos pretendientes pidieron su mano y a todos con la mejor cortesía se la negó. Hubo uno, sin embargo, más tenaz que todos: don Luis Pelaez, mayorazgo de la Montaña de Santander que vino a México, acompañando al virrey marqués de Croix y quedó prendado de la belleza de doña María, en cuanto la vio en un sarao de la corte del virrey. Era el menos simpático para ella; pues aparte de su poca nobleza y dinero aunque era apuesto y garrido militar, era un aventurero, de conducta disipada y de genio feroz. Y si a pretendientes tan nobles y ricos como ella y de arraigo e irreprochable conducta, había negado su mano, "¿Cómo se la iba a conceder a un aventurero? Esto irritó a don Luis de tal manera, que la perseguía a muerte por donde quiera: en la calle, en su casa, en los paseos, en los conventos. Esto fue lo que determinó a sus nobles padres, traerla al Beaterio de Carmelitas de Morelia.


Allí en aquel asilo, pasó sin contratiempo el año de noviciado y al cabo profesó en medio del mayor contentamiento suyo y de sus superioras. Más todavía allí no estuvo la paloma al abrigo del halcón. Don Luis descubrió el agujero de la roca donde moraba doña María y allá se lanzó furioso y desesperado.

Apenas se sacudió el polvo del camino, cuando ya estaba rondando el convento para encontrar un momento oportuno de verle y hablarle. Pero allí como en México, jamás consiguió nada. En las horas en que las religiosas asistían al coro, allí estaba don Luis junto a la reja lanzando hacia adentro miradas escrutadoras por ver si la distinguía, para contemplarla cuando menos. Cuando cantaban maitines, aplicaba el oído a ver si escuchaba entre todas su voz argentina y dulce. Mas todo era inútil, porque sabiendo la abadesa que allí estaba don Luis, dispensaba a sor Angélica la asistencia al coro, cuando la iglesia estaba abierta, a fin de ocultarla a las miradas de su tenaz perseguidor.

Las noches serenas bañadas por la apacible luz de la luna, como las oscuras tachonadas de estrellas y aquellas en que el cielo encapotado derramaba agua a torrentes, allí estaba don Luis ya en una esquina ya en otra, espiando el momento oportuno de que entrasen a maitines para aplicar el oído a la puerta de la iglesia para escuchar o más para adivinar la salmodia de doña María.

Este estado de cosas no podía durar para siempre. Aburrido, enojado don Luis comenzó a meditar un plan diabólico, terrorífico para ablandar la roca de granito como él llamaba a doña María frente a sus camaradas. Pensó asaltar el convento en altas horas de la noche y robarse a sor Angélica y huir con ella por sendas extraviadas, por montes, por donde hubiera un lugar oculto para vengar tanto menosprecio, tanto desdén sufrido hasta entonces pacientemente por él.

Una madrugada fría y húmeda, cuando las religiosas se entregaban profundamente a un sueño reparador y los servidores del convento estaban todavía muy lejos de llegar, con una ganzúa de antemano estudiada y preparada, abrió la puerta falsa de la huerta por donde entraba la leña y el carbón, por donde salía la fruta y la hortaliza para el mercado. Llegó cautelosamente al silencioso claustro y se encaminó a la celda de sor Angélica que dormía apaciblemente. Entreabrió la puerta y a la luz débil de una lamparilla que ardía frente a una estampa del Señor de la Columna, la contempló absorto por breves instantes; pero mirando que no había tiempo que perder, tomó en sus brazos a sor Angélica y partió con ella por la huerta. Como sor Angélica gritase, la amordazó a fin de impedir sus gritos, de tal modo que las demás religiosas no oyeron nada. Ya en la huerta, sor Angélica hizo un esfuerzo supremo para escapar de los brazos de su raptor; mas éste enfurecido por la resistencia heroica de aquella virgen, le ató una soga al cuello y la colgó de aquel fresno que estaba junto al pozo y huyó precipitado, sin haber enturbiado aquella agua cristalina y pura.

!Qué mañana más hermosa! El cielo azul con una que otra nube flotando como góndola de nieve. El Sol radiante del equinoccio caldeando la atmósfera diáfana y quieta. E1 azahar, las mosquetas y la azucena perfumaban el ambiente, embriagando con sus aromas. Las doradas mariposas iban de flor en flor libando el néctar de sus cálices. Los pintados pajarillos no cesaban de ensayar sus trinos y gorjeos. En tanto que la naturaleza lucía sus galas primaverales, las religiosas hablándose en voz baja, iban de un lugar a otro aterradas, confusas, espantadas sin hallar que hacer. La celda de sor Angélica sola; suben, bajan; van y vienen; se preguntan, se responden y nada, hasta que en vertiginosa carrera llega el hortelano a dar parte a la abadesa de lo que sus ojos habían visto en la huerta. El cadáver de sor Angélica flotaba colgado de unas ramas del fresno del pozo. !Un suicidio!, exclamaron, pero esto no es posible; sor Angélica era un modelo de virtudes incapaz de llevar a cabo semejante crimen.

No, aquí hay otra cosa, un rapto y como ella se defendiese fue asesinada colgándola para que dijeran que había habido un suicidio, tanto más cuanto que don Luis conocido ya de toda Valladolid, había desaparecido de la noche a la mañana. La autoridad virreinal tomó cartas en el asunto sin aclarar nada; lo que produjo la duda y se declarase de parte de los que opinaban, que había sido un suicidio, a pesar de que la puerta de la huerta se había encontrado abierta; pero el hortelano no se acordaba si la había o no cerrado, dado que muchas veces la dejaba abierta y quizá aquella había sido una de ellas. Descolgaron por tanto el cadáver y sin las honras fúnebres del caso lo sepultaron al pie del fresno del pozo. Consternadas, sin embargo, las religiosas no dejaban de suplicar a Dios por el descanso eterno del alma de sor Angélica, aunque todas las apariencias decían que había muerto en pecado.

Pasó el tiempo; casi ya nadie se acordaba del espantoso suceso, cuando una mañana el hortelano encontró sobre la fosa de sor Angélica una mata de azucena florida sin antes haberla plantado allí. Año por año se repetía el prodigio hasta que la abadesa a instancias de la comunidad, mandó exhumar los restos de sor Angélica, llevándolos procesionalmente a la iglesia donde se les cantó un funeral y se depositaron en el coro al lado de los sepulcros de las demás religiosas muertas en olor de santidad.

Más de año en año se repetía el prodigio de la azucena con grande admiración de todos. Ya en ruinas el Beaterio de Carmelitas, destartalado el coro y mal sosteniéndose el artesonado de la iglesia, aun había quien lo visitaba. En el claustro había viviendas de gente pobre. La huerta aún conservaba el pozo y el fresno junto al cual había estado la tumba de sor Angélica. El pozo estaba aterrado y lleno de zarzas. Y en el lugar del coro donde reposaban los restos,  la vieja que cuidaba de la vecindad mostraba a los visitantes una mata florecida de azucena, después de haberme contado a esta leyenda de la azucena, único recuerdo y señal de aquel prodigio venido desde el más allá.

Ruinas del Beaterio de las Carmelitas (Foto: Ing. Manuel Rodriguez)









viernes, 2 de septiembre de 2016

Calle de Comonfort (ahora de Aldama)

  • Nomenclatura de 1794: No existía.
  • Nomenclatura de 1840: No existía.
  • Nomenclatura de 1856: Calle de Comonfort, paralela a las calles de la Alhóndiga, de la Concordia, del Guapo y de la Aurora (ahora tramos de Corregidora) por el lado norte; y a las calles del Tecolote, del Mañoso, del Peine y del Licor (ahora tramos de Guerrero) por el lado sur.
  • Nomenclatura de 1868: Calle 5a. de Matamoros.
  • Nomenclatura de 1929: Calle de Aldama.
  • Cuartel: Número 1.
  • Sector actual: Independencia.


La calle de la cual trata esta publicación es una de las calles del centro más jóvenes, a pesar de su cercanía a las plazas principales y a la catedral no es tan antigua como pudiera pensarse. Su creación se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, por lo que se sabe de su nombre hasta el año de 1856 como Calle de Comonfort, aunque tambien en cada cuadra que la componía recibía el nombre de 1a. de Comonfort, 2a. de Comonfort y así sucesivamente hasta llegar a la 6a. de Comonfort, que a diferencia de otras calles de ese tiempo esta abarcaba 6 pares de manzanas durante su trayecto, todas estas creadas en la misma fecha; Mariano de Jesús Torres refiere lo siguiente sobre la creación de estas cuadras: "surgen a raíz de que se derribó parte del muro de una casa que existía en la Calle de las Bonitas (ahora tramo de Morelos Sur) casí frente a la casa de Morelos, otra parte atravesando la huerta del convento de San Agustín (la huerta se extendía de oriente a poniente en lo que actualmente es la calle de García Obeso y Abasolo) que fue ocupada para ese entonces por el gobierno, derribando parte de las casas que había en la acera oriente y poniente de la Calle del Prendimiento (ahora tramo de Abasolo), los mismo paso en la Calle de Santa Catarina (ahora tramo de Galeana) y en la Calle de la Industria (ahora tramo de Rayón), para comunicarse con la Calle de la Soterraña (ahora tramo de Quintana Roo)"; al parecer dicha demolición se llevó a cabo en partes, en el plano de 1857 solo aparecen trazadas las cuadras que formaban parte de la huerta. Para el año de 1868 la de Comonfort cambia de nombre, atendiendo a la orden dispuesta por el Ayuntamiento de Morelia, comenzando a llevar el nombre de Calle 5a. de Matamoros, finalmente en el año de 1929 con la llegada de una nueva nomenclatura a la ciudad  esta cambia de nombre por el de Calle de Aldama, siendo este el que actualmente ostenta. 

Vista parcial del plano de 1857, el número 1 indica la recién abierta calle de Comonfort, nótese
que no tiene continuidad hacia la Soterraña ni a la casa de Morelos

Como calle de Comonfort está corría de oriente a poniente, rompiendo a partir de la Calle de Morelos (ahora tramo de Morelos Sur) por el oriente y finalizaba al encontrarse con la Calle de la Soterraña (ahora tramo de Quintana Roo) por el poniente.

Vista parcial del plano de 1869 en el que se aprecia que ya existen todas las cuadras que
forman la actual calle de Allende, antes de Comonfort
El nombre de Comonfort lo recibió según el moreliano Mariano de Jesús Torres, porque estas nuevas calles fueron abiertas en tiempos que gobernaba el Sr. Presidente de la República Ignacio Comonfort, hecho que fue tomado por la sociedad moreliana y las autoridades como un homenaje dedicado a dicho personaje. 

Vista desde el extremo poniente de la
calle de Comonfort

Si bien esta calle no puede considerarse como una de las más ricas en historia por su no tan antigua creación, si hay datos que puede aportar sobre el pasado y la vida cotidiana de Morelia, Torres afirma que posterior a su apertura esta serie de calles comenzó a poblarse de manera rápida, en ella se comenzaron a levantar casas de "regular aspecto" como el las llama, estando bien enlozadas y debidamente empedradas, volviéndose en calles de bastante tránsito en la ciudad. La importancia de esta calle dentro de la cotidianeidad de aquellos tiempos no solo se centraba en su cercanía a las calles principales, sino porque en ella se encontraba asentada una construcción que fungía como local de diversiones públicas, que era conocido con el nombre de "El Hipódromo".


Lugar donde se encontró el Hipódromo, después Teatro
Hidalgo, en su lugar se edificó una escuela primaria

Este teatro llamado Hipódromo fue uno de los tres lugares dedicados al entretenimiento de los morelianos con los que contó la ciudad en el siglo XIX, el primero en importancia era el "Teatro Coliseo" (fundado en el año de 1829), le seguía el "Teatro Hipódromo" (fundado en 1856) y finalmente el "Teatro del Desierto" (este último parecía más un garito). 
La historia del teatro del Hipódromo comienza a escribirse cuando el gobierno llevó a cabo el fraccionamiento de la huerta del convento de los agustinos en el año de 1856, bajo el gobierno del Sr. Miguel Silva Macías, como mencionamos anteriormente se crean nuevas manzanas y calles en este amplio terreno, entre ellas la calle de Comonfort, que es en la que se construyó el referido lugar, de modo para tal acción dos señores de nombre Félix e Irineo Alva adquieren un terreno que se encontraba en la manzana número 17 por la cantidad de $1,050.00 y emprendieron la edificación del teatro que sería bautizado como el "Hipódromo". En sus inicios este lugar funcionó como plaza de pelea gallos y sede de representaciones teatrales de poco mérito como pastorelas, sainetes, etcétera, para estos últimos se contaba con un escenario de cortas dimensiones, que tenía un telón de boca que estaba pintado al temple, con no mal pincel, la Catedral de Morelia y las banderas nacionales en el espacio que mediaba entre uno y otro paleo. Al exterior no tenía dicho edificio una fachada notable, sino tan solo una gran puerta de entrada con vista al sur (ahora calle de Aldama), ostentando con grandes caracteres un letrero que decía "HIPÓDROMO", a pocos metros de distancia de esta puerta se veía la entrada al patio o palenque donde tenían lugar las peleas de gallos y donde se colocaban asientos portátiles cuando se realizaban representaciones, luego en contorno del interior había una grada para concurrencia popular, y luego sobre dicha grada estaba una serie de palcos para concurrentes más escogidos. El foro principal veía al oriente, elevándose en entablado o escenario a dos varas de altura sobre el nivel del patio, el valor de los asientos iba de los 25 centavos en patio y palcos, y 12 centavos en grada; entraban con libertad los charamusqueros, neveros, fruteros, pasteleros a ofrecer a los concurrentes sus mercancías. Para guardar el orden público iba algún gendarme de la municipalidad. En esta etapa el teatro no gozaba de buena reputación entre la alta sociedad moreliana, para ellos estaba el Teatro Coliseo, en el cual se presentaban óperas, zarzuelas y demás espectáculos de corte europeo que poco llamaban la atención de las masas populares de la ciudad, pero esta cambia cuando el Coliseo sufre un derrumbe de su techumbre, dejándolo inutilizado, y a la falta de un lugar de entretenimiento para la alta clase el Hipódromo se posiciona como el teatro de mayor importancia en la ciudad, aunque nunca dejó de presentar coloquios, que eran considerados vulgares o de segundo orden, espectáculos de circo y de prestidigitación (este último basado en trucos de ilusionismo); para el año de 1870 el Coliseo se encuentra reparado y este vuelve a ser un teatro secundario, y es cuando llega un periodo de decadencia para el Hipódromo, pues durante el gobierno del General Mariano Jiménez se prohibieron las peleas de gallos, originando que este lugar quedará casí abandonado, pasado el tiempo el lugar es puesto a la venta y es adquirido por un particular de nombre Silvano Silva, quien lo reedificó en el año de 1894 y mando tapiar la puerta que se encontraba sobre la actual calle de Aldama para abrir una nueva sobre la Calle del 5 de Mayo (ahora calle de Matamoros), modificando tambien la ubicación del escenario, restaurando los asientos y cambiando su nombre por el de "Teatro Hidalgo"; en esta nueva etapa el lugar adopta una nueva faceta y se instala un cinematógrafo, donde se exhibieron varias cupletistas, que con sus pícaras letras hacían sonrojar y escandalizar a cual más de la sociedad conservadora moreliana; además se le daba el uso en algunas ocasiones como auditorio y sala de exposiciones para los partidos electorales (Torres, 1915).


Vista de una de las manzanas que componían la calle
de Comonfort

Otra fuente menciona que después de su remodelación se convirtió en el centro de recreo más visitado por citadinos y pueblerinos. Por un lado, en las noticias de la prensa moreliana se decía que el lugar era escenario de disturbios, pues quienes asistieron a disfrutar las lides lo hicieron en compañía de la bebida, por el otro, de acuerdo a las demandas penales sólo se encontró un juicio referente a los disturbios en el Hipódromo: se trata del caso de María Candelaria Villaseñor, de 30 años, quien junto con varios hombres, se encontraban ebrios cerca del “Palenque para peleas de gallos”; conforme a las investigaciones, algunos testigos expresaron que después de varios minutos dichas personas comenzaron a reñir por los efectos incitados por el alcohol, por tal motivo la policía los llevó presos (Magali Zavala).


Finalmente con la llegada de nuevas tecnologías los espectáculos que por más de medio siglo habían acaparado la atención y los aplausos de la sociedad moreliana se tornaron en obsoletos haciendo que este sitio quedará en el abandono y que en su lugar se levantara la Escuela Primaria "Centro Escolar Michoacano", construida en el año de 1947 y que es una de las de mayor tradición en la zona. A pesar de su corta existencia esta es una de las calles que incita a recorrerla con calma para ir develando cada uno de los secretos que celosamente ha guardado con el paso del Tiempo.



Con información de:

-Torres, Mariano de Jesús. Diccionario Histórico, Biográfico, Estadístico, Zoológico, Botánico, Mineralógico de Michoacán. Tomo III. 1915. Morelia, México.
-Zavala, Magali. Los espacios de convivencia social y el consumo de bebidas embriagantes en Morelia (1880-1910). Revista de la Facultad de Filosofía y Letras. México.


jueves, 1 de septiembre de 2016

El Cordonazo de San Francisco (ocurrió en el desaparecido templo de San Luis Rey de Francia o del Tercer Orden)

En el complejo franciscano que se encontraba asentado en la virreinal ciudad de Valladolid, hoy Morelia, aparte del templo dedicado a San Francisco de Asís, fundador de tan sublime orden, se encontraba construido otro templo dedicado a San Luis Rey de Francia que era mejor conocido entre los antiguos pobladores como la Tercera Orden, bien sabido es para los morelianos actuales que este majestuoso templo desapareció como resultado de las Leyes de Reforma, pero, ¿qué maldición desencadenó la destrucción de este templo?, y, ¿quién pagó las consecuencias de tan terrible hecho?...a continuación la respuesta.

En Morelia, del Templo de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís, joya de arte y relicario histórico, no queda ya ni el polvo. Situado en un ángulo del cementerio del antiquísimo templo de los frailes franciscanos, se erguía con su torre afiligrana y su cúpula revestida de azulejos. En su recinto al pie de uno de los altares colaterales, estuvieron sepultados los restos mortales del señor cura don Mariano Matamoros, héroe de la independencia de México, bastando esto sólo para haberlo conservado intacto, como un homenaje y como un recuerdo amoroso.

Pintura de Mariano de Jesús Torres, la cúpula y torre alta
corresponden al Templo del Tercer Orden

El cementerio era muy pintoresco y melancólico. Una gruesa tapia coronada a lo largo de arcos invertidos y manchada de musgo merced a la acción de la humedad y de los años, lo cerraba por sus costados. Por encima sobresalían las copas de los olivos, de los fresnos y de los cipreses, que entrelazando sus ramajes daban misteriosa sombra a los sepulcros y a las capillas del Vía Crucis que por dentro corrían en torno del cementerio.
En medio de la arboleda, sobre tres o cuatro gradas de mohosa cantería, entre cuyas junturas crece esa menuda hierba sin nombre que decora los edificios antiguos, se alzaba el cilíndrico pedestal que sostenía una cruz que entre los brazos tenía una fecha remota.
Por el poniente daba acceso al cementerio un portón de hierro forjado, mostrando en la parte de arriba el escudo de la orden, en cuya labor tejió un encaje de Bruselas el herrero que lo construyera. Servía de fondo la fachada del templo grande, con su puerta de marquetería, su ventanal con el escudo franciscano consistente en una cruz sobre la cual se cruzan dos brazos, habiendo por debajo tres clavos en forma de abanico. Entre la puerta y el ventanal adornados con pilastras, columnas, cornisas, flores y conchas, se destaca la fecha de 1610. Fecha sugestiva, tres veces secular llena de encanto como todo lo que resiste a la acción destructora del alado viejo de la guadaña. Un coronel discurrió que el cementerio de San Francisco servía para mercado y que el templo de la Orden Tercera de San Francisco estorbaba, y sin más ni más, acabó con ello de la noche a la mañana. En cuanto la impía ruina cernió sus negros aletones sobre aquellos edificios seculares, cayeron los muros, las pilastras, los capiteles; se vio el cielo a través de las bóvedas clareadas; surgieron montones de escombros donde se confundían las mesas de altares y sillones destrozados, cabezas de vírgenes y atriles chapados de carey y hueso con figuras mudéjares, angelones sin alas y balaustres de barandillas de rosas, molduras de cornisas y tubos de órgano, azulejos de Talavera de la Reina y fragmentos de loza de Puebla, el tornavoz debajo de la copa del púlpito tallado con primor exquisito.

Dio una zancada el tiempo y el famoso mercado dormía el sueño del olvido. Por doquier crecían la maleza y los zarzales; el jaramago, la yedra y las trompetillas de varios colores poblaban los agujeros, las grietas y las asperezas; las lianas trepaban agarrándose a las piedras de los muros y a las cornisas. La lagartija de ancha y triangular cabeza corría por entre los escombros mirando con sus ojos redondos y vivos.
La fantasía popular no tardó en fingir las más extravagantes consejas. Por la noche la gente, dadas las oraciones del Ánimas, no quería atravesar por las ruinas; porque al tocar los campanarios los toques plañideros de las ocho y aún antes, se oían lamentos, como cuando el viento gime entre las ramas de los árboles; se adivinaban sombras ambulantes como frailes salidos de sus tumbas; voces frías como si se alzaran de las losas de los sepulcros, apagadas en aquel mar de escombros, les daba un tinte de pavor y de tristeza. Si el viento agitaba la fronda, aparecían en el suelo desigual luces movedizas que animaban el paisaje.
El ronco reclamo del búho en las altas horas de la noche, retumbando de eco en eco, amedrentaba el ánimo y lo disponía para crear alucinaciones y fantasmas.
Por aquel entonces había un cantinero solemne con más barriga que una calabaza, con más mofletes que un tomate de California y con más cabellos que la palma de la mano. Usaba constantemente quevedos obscuros y un birrete de terciopelo rojo bordado en oro con que cubría su venerable calva. En su tienda o mejor su trastienda, se reunían noche a noche el coronel con tres o cuatro camaradas a charlar y echarse entre pecho y espalda copas de rubia carmelitana, no escaseando también los alburazos; de modo que a la una o dos de la mañana que se disolvía la reunión, salían tambaleándose con dirección a sus casas. El célebre coronel atravesaba siempre por entre las ruinas para acortar el camino y llegar cuanto antes a su ama, donde roncaba como las contras de un órgano viejo, exhalando así los vapores de la rubia carmelitana.
Una noche había cerrado obscura y amenazante, apiñándose negras nubes en las vecinas montañas del Rincón y del Punhuato. Vientos de tormentas azotaban con su látigo las tinieblas. Relámpagos cobrizos inflamaban sin interrupción los senos de los nimbos. Truenos colosales conmovían terriblemente la atmósfera. Gruesas gotas, casi chorros, empapaban la tierra reseca y tostada por los largos calores estivales. Las calles parecían ríos desbordados. El coronel y su amable compañía resolvieron no salir de la trastienda, en tanto que se alejase la tempestad a fin de no coger cuando menos un catarro.
Sonó el reloj de la catedral a las dos de la mañana. El trueno se apartaba poco a poco. Una llovizna quedaba tan sólo, acompañada de un frío y húmedo vientecillo que calaba hasta los huesos. Había granizado. Furtivos rayos de luna se filtraban por entre las nubes, abrillantando los manchones de granizo. Los parranderos, arropándose lo mejor que pudieron con sus capas españolas, se lanzaron a la calle. El coronel siguió el acostumbrado camino de las ruinas que en esos momentos estaban intransitables, para otro que no fuese él. Iba cruzando el cementerio cuando le llamó la atención el chirriar de las puertas del templo de San Francisco, que se abría girando sobre sus goznes enmohecidos. Una insólita claridad irradiaba del interior del templo como si fuese presa de la llamas. Notas perdidas de un concierto y murmullos de rezos en conjuntos corales de voces gangosas y profundas, brotaban del santuario.
A fin apareció una procesión de hermanos terceros con sus sayales azules ceñidos de cuerdas blancas. Marchaban de dos en dos con cirios encendidos en las manos. Sus caras demacradas y amarillas revelaban antigüedad remota. Al cabo de la procesión aparecía un fraile nimbado de luz albeante, de andar grave y majestuoso. Sus ojos centellaban como dos soles. De sus manos, de sus pies y de su costado brotaban rayos de luz apacible y serena como si estuviesen guarnecidos de brillantes.


Entonces el coronel, perdida la embriaguez, se había arrodillado como fuera de sí, embobado, estupefacto. Vio que al llegar los Terceros adonde él estaba, le apagaron uno a uno las velas sobre la espalda; mas al llegar el fraile de semblante glorioso, se detuvo, asumió aire de majestad empuñando el cordón blanco y grueso con que iba ceñido y le azotó con él al mismo tiempo que exclamaba !Lo hago por tu bien! El coronel quiso llorar y las lágrimas se negaron a salir de sus ojos; quiso hablar y la voz se ahogó en su garganta; intentó pedir perdón pero antes que su mano golpease el pecho, cayó sin sentido entre los mojados escombros.
La alborada era de un día azul. Febo rubicundo lanzó sus primeras miradas alegres y risueñas, envolviendo el espacio en una telaraña de oro. Los pájaros que gorjeaban en la arboleda, soltaron a la postre sus melodiosos cantos. El coronel despertó pero no volvió en sí porque estaba. . . ¡loco!.
Posteriormente discurría por las calles de Morelia con su sombrero de anchas alas en la mano, deteniendo a sus amigos para decirles:
-"¿Me conocéis? Yo soy el coronel.  Miradme bien que yo soy aquel a quien san Francisco dio un cordonazo", y en seguida se marchaba sin despedirse.


Del coronel al que este relato hace referencia he podido averiguar el nombre, según Mariano de Jesús Torres, fueron dos hombres quienes no descansaron hasta lograr su cometido, la destrucción de tan hermoso sitio, uno de ellos fue el Coronel José Dolores Vargas quien fungió como Prefecto de Morelia en ese tiempo y el otro el Doctor González Ureña, este último Presidente del Ayuntamiento, los cuales ¡acabaron locos!, y es aquí cuando el vulgo tomó ocasión para decir que había sido castigo de Dios. Juzgue usted mismo si esto fue una simple coincidencia, o castigo de Dios por tan terrible sacrilegio....y aventurese a caminar por la zona en la tranquila noche, esperando no encontrarse con el loco coronel y le diga:

-"!Yo soy aquel.....a quien San Francisco le dio un cordonazo...!"

Nomenclatura de las calles existentes entre 1840 y 1868 en el actual Sector Nueva España, antes Cuartel 4°

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