miércoles, 19 de julio de 2017

El Callejón de la Muerta (ocurrió en la calle de Revillagigedo)

Muchas son las historias que se han escrito al correr de los siglos en lo que ahora es el centro histórico de la ciudad de Morelia, algunas con finales felices, otras con finales no tan afortunados y otras pocas con finales terroríficos que han sido secretos a voces en el transcurrir de una ciudad cada vez más grande; uno de estos hechos es este que a continuación les narro:

Hacía finales del siglo XVIII la ciudad de Valladolid hoy Morelia crecía rápidamente, la importancia política y económica hacían que lo que anteriormente había sido una pequeña villa se convirtiera en una de las principales ciudades del virreinato; si bien es cierto que toda esta prosperidad acarrea la llegada de muchas personas buscando una mejor calidad de vida, tambien lo es que hay quien no lo ven así y deciden alejarse del bullicio de la ciudad, tal es el caso de un señor llamado Don Juan de Escandón y Alatriste, hombre potentado y pudiente pero reservado, quien a causa de una epidemia que asoló la ciudad de Valladolid había enviudado y perdido a sus siete hijos varones, sobreviviendo únicamente la más pequeña de sus hijas, quien se convirtió en la principal fuerza para que aquel caballero no muriera de pena y tristeza. La muerte de su esposa e hijos fue tan dolorosa que aquel hombre no podía vivir en la casa donde vio a sus hijos crecer y sonreír y a su esposa ser tan feliz a su lado, por lo que decidió tomar a su hija y llevarla a vivir a una de las haciendas que aquel caballero poseía en las cercanías de la Villa de Charo, pasaron los años y aquella pequeña niña de nombre Inés de Escandón y Alatriste creció entre los muros de la hacienda propiedad de su papá, no conocía el mundo exterior y las únicas personas con quien convivía eran los empleados de la hacienda y los frailes agustinos que desde el convento de Charo visitaban la hacienda para satisfacer las necesidades espirituales de los moradores de aquella finca. Aquella niña que ahora era ya una mujer nunca sintió la necesidad de saber que había más allá de su hacienda, no quería conocer el mundo terrenal, no pensaba en novios o vanidades típicas de una joven de su edad, si no que añoraba el poder ingresar a la vida conventual, servir a Dios y ayudar a los más desvalidos, cosa que su padre y su confesor tomaron con buenos ojos y apoyaron la decisión de la señorita Inés. Todo se dispuso para que en Julio de 1791 aquella primorosa mujer profesara en el Convento de Santa Catalina de Siena de Valladolid, pero algo pasó, el carruaje donde viajaba la señorita Inés jamas llego a su destino, durante las investigaciones el encargado de cuidar la puerta de entrada oriente de la ciudad o Garita del Zapote insistia en que el carruaje con aquella bella mujer había entrado a la ciudad y se había desviado hacia el Convento de los Dieguinos, lógica tenía este hecho pues Inés quiso visitar el lugar donde reposaban los restos de su madre y hermanos antes de ingresar al convento, Fray Dionisio de Valdés, portero del convento declaró que aquella dama visitó las tumbas de su familia y partió en su carruaje, después de ahí nadie supo qué fue lo que paso, simplemente en el trayecto hacia su destino final entre una de las calles del Barrio de Guadalupe, Inés, su cochero y el carruaje desaparecieron. El hecho fue tomado con tanta tristeza por el padre de Inés que no resistió y al poco tiempo murió; pasaron los días y cuando aquel hecho parecía disiparse entre los vallisoletanos comenzó a correr el rumor de que en las cercanías del Convento de San Diego el espectro de una mujer se aparecía y aterrorizaba a cuanto cristiano se le ocurriera transitar por aquella desolada calle, este hecho llegó hasta oídos de Fray Marcelo de la Concepción, dieguino quien inspirado por la curiosidad y el deber de auxiliar a sus fieles atemorizados se encaminó al lugar de la aparición, días y noches rondaba el sitio aquel fraile, hasta que una noche el espectro se le apareció y habló con el, aquella triste aparición le contó lo siguiente:

-Yo, yo soy Inés de Escandón y Alatriste, soy aquella desdichada que no llegó a su profesión al convento de Santa Catalina, soy aquella mujer condenada a penar por causa de la lujuria de mi cochero, aquella que está destinada a vagar por estas calles hasta que mi cuerpo descarnado descanse en el lugar sagrado donde debí ser tomada por esposa de Dios.

Apenas terminó de hablar la aparición Fray Marcelo cayó desmayado, al despertar se encontraba rodeado por otros frailes en su celda quienes lo atendían y le decian que habia corrido con suerte pues un par de buenas almas lo encontró tirado en la calle y lo llevo hasta el convento, poco a poco el fraile se recuperó de aquella impresión que pasó y la narro a su confesor, a sus amigos...nadie creyó en sus palabras y por el contrario lo juzgaron de loco, tanta fue la terquedad de Fray Marcelo en probar que lo que decía era verdad, que al poco tiempo terminó loco y enfermo, asegurando que el había hablado con la difunta Inés, repitiendo una y otra vez las palabras que aquella desconsolada alma le dijo aquella lóbrega y fría noche, no  pasó mucho tiempo antes de que Fray Marcelo entregara su alma al creador y con esto se quedaran en el olvido las palabras que incansablemente repetía. Pasó el tiempo y aquella horrorosa y descarnada aparición seguía robando la calma a los transeúntes quienes cada vez se acercaban menos a aquel lugar o lo evitaban. Al paso del tiempo los moradores de la ciudad comenzaron a referirse a aquella calle que antes no tenía nombre como el Callejón de la Muerta, el nombre de este cambio pero no lo que en el ocurre pues aún hay quien dice que si te atreves a caminar por aquel sitio hoy llamado calle de Revillagigedo y pones atención puedes ver al espíritu de Doña Inés y si corres con suerte podrás escuchar aquella voz sepulcral que te diga:

-Yo, yo soy Inés de Escandón y Alatriste, soy aquella desdichada que no llegó a su profesión.......

Intentalo, pero recuerda lo que le ocurrió a aquel pobre fraile que se atrevió a hablar con una difunta en el Callejón de la Muerta.


Calle del Aguador o Calle de la Basaldua (ahora calle de Mariano Elizaga)


  • Nomenclatura de 1794: Callejón del Mezquite.
  • Nomenclatura de 1840: Calle del Aguador o Calle de la Basaldua (de manera coloquial).
  • Nomenclatura de 1868: Calle 7a de Iturbide.
  • Nomenclatura de 1925: Calle 7a de Galeana.
  • Nomenclatura de 1929: Calle de Mariano Elizaga.
  • Cuartel (1794, 1840 y 1868): Número 4.
  • Sector actual (a partir de 1929): Nueva España.


La historia de la ciudad de Morelia se cuenta en gran medida a base de pequeños detalles que se encuentran en cada uno de los rincones del centro histórico, el ritmo de vida y el poco interés por conocer esta faceta de la misma tiene como resultado la pérdida de la memoria colectiva de nuestra ciudad, un claro ejemplo de esto es la historia de la nomenclatura y su dinámica que se ha seguido desde finales del siglo XVIII; en lo referente a este tema la ahora Calle de Mariano Elizaga fue de las que en el año de 1794 recibe un nombre dentro de la primer nomenclatura oficial que tuvo la entonces ciudad de Valladolid, el nombre que se le asignó fue el de Callejón del Mezquite, aunque esto puede variar según el autor consultado, pero la mayoría concuerda en que esta era el Callejón del Mezquite. Siendo ya México un país independiente en el cual la virreinal Valladolid ahora figuraba como la ciudad de Morelia, las autoridades locales tienen como prioridad la reestructuración de la nomenclatura existente, de modo que, hacia el año de 1840 se crea y organiza una nueva nomenclatura para las calles existentes, de tal forma que el viejo Callejón del Mezquite cambió su nombre por el de Calle del Aguador, permaneciendo de manera oficial con este hasta el año de 1868, año en el que hay una nueva nomenclatura que a diferencia de la pasada se caracteriza por el uso de nombres de personajes participantes en diversos episodios históricos del país, recibiendo esta el nombre de  Calle 7a de Iturbide, a diferencia de las demás calles esta sufre un cambio de nombre fuera de tiempo, pues en 1925 se decide quitar el nombre de Iturbide y sustituirlo por el de Galeana, esto como resultado del desprestigio que se vivió a nivel nacional en contra de este personaje; pocos años existió la Calle 7a de Galeana, puesto que en 1929 se cambia la nomenclatura por quinta vez en esta zona y se le asigna el nombre de Calle de Mariano Elizaga, siendo este con el que es conocida hasta hoy día.

Vista parcial del plano de 1898, rodeadas en negro las manzanas que conformaban la Calle del Aguador con la pila de la Torre de Babel ya señalada.

Como calle del Aguador corría en dirección poniente a oriente, desplantando a partir de la Calle del Veterano (ahora tramo de Vasco de Quiroga) y finalizando al encontrarse con la esquina de la Calle del Zángano y la Calle del Invierno (ahora tramos de Vicente Santa María), en una pequeña plazuela hoy desaparecida en la cual se encontraba una pila que era conocida con el nombre de la Pila del Coyote o de la Torre de Babel (esta pila tomaba el nombre de Torre de Babel por una tienda que existió en el extremo oriente de la calle del Aguador con ese nombre, la cual era propiedad de un señor llamado Isidro Sánchez), dicha pila suministraba el líquido vital a los vecinos de la zona quienes anterior a la existencia de esta tomaban el agua desde la pila de la plazuela de las Capuchinas; desde su formación y hasta la época de exclaustración  a mediados del siglo XIX, esta calle colindaba con los terrenos de la huerta del convento de los Franciscanos en su acera norte, recordemos que el tramo de calle paralelo a esta por el lado norte (ahora tramo de Antonio Alzate, entre Vasco de Quiroga y Vicente Santa María) no existía pues el complejo conventual se extendía desde la ahora calle de Fray Bartolomé de las Casas hasta Mariano Elizaga.

Vista parcial del plano de 1869 ya con la nueva nomenclatura, nótese que para esta etapa aun no existía la Pila de la Torre de Babel.

Sobre el porqué a esta calle se le asignó el nombre de Aguador es prácticamente un misterio, pues no hay autor o fuente que aporte datos sobre este hecho, únicamente puede suponerse que en esta calle pasó lo mismo que en muchas otras, es decir, algún personaje u oficio que se desempeñaba en la zona fue el que dio nombre al lugar. Esta dinámica era de lo más común al asignar las nomenclaturas no solo en Morelia sino en otras tantas ciudades del país. Pero, ¿quién era el aguador?, este personaje era un persona sumamente importante en las actividades comunes de las ciudades especialmente en las labores domésticas, antiguamente la distribución del agua era un asunto realmente complicado pues esta no llegaba a cada una de las casas como ocurre hoy en día aunque había sus excepciones, sino que era tomada de las diversas pilas públicas que se encontraban distribuidas en puntos estratégicos (generalmente en las plazas), las familias que poseían los recursos económicos suficientes contaban con diversos empleados que atendían las labores domésticas, incluso echaban mano de otros servicios tales como los que proporcionaba el aguador, quien era la persona encargada de llevar propiamente el agua desde las pilas públicas hasta las casas, transportandola en cántaros hasta el domicilio de quien requería sus servicios. Posiblemente en esta calle viviera uno de estos personajes que era tan común ver por las diversas calles de la ciudad con sus cántaros a cuestas ofreciendo sus servicios en las casas de la zona. 

Aguador realizando sus funciones en la ciudad de Morelia

A pesar de que la ciudad tuvo diversas nomenclaturas oficiales en ocasiones la gente asignaba nombres de manera extraoficial a las calles a modo de facilitar su ubicación, por ejemplo en esta, donde el autor Mariano de Jesús Torres en su obra titulada "Diccionario" hace mención de que aparte de ser conocida como la Calle del Aguador, tambien lo era con el nombre de Calle de la Basaldua; respecto a este dato si se sabe el porqué de este hecho, según el autor menciona lo siguiente: "Antiguamente se le conocía a esta con el nombre de la Basaldua, con motivo de una señora que vivió durante mucho tiempo en esa calle y tenía cierta popularidad." No hay datos más precisos sobre esta afamada señora o el porqué era tan conocida en la sociedad moreliana de antaño, pero este caso en específico ejemplifica la dinámica que se seguía al asignar nomenclaturas, el cual nos servirá más adelante para seguir desentrañando la historia de cada uno de los rincones de la ciudad.

Vista actual de la Calle del Aguador desde extremo oriente (Tomada de Google Earth)

Mariano de Jesús Torres no solo menciona el dato de la señora Basaldua, sino que hace mención de otros datos que comparto a continuación sobre la historia y aspecto que tenía esta a principios del siglo pasado: "A ambos lados se conforma por casas de mediano aspecto, está bien enlosada y empedrada, siendo de bastante tránsito. La acera que mira al sur es corrida y la que mira al norte está cortada por el Callejón del Oso (ahora tramo de Velázquez de León), que corre hacia el sur hacia el templo y plazuela de las Capuchinas." A pesar de no ser una de las calles principales de la ciudad en ella vivieron personajes importantes, tales como el ingeniero francés Adolfo Tremontels, al cual le debemos que hoy en día podamos disfrutar de la maravillosa construcción del Colegio de Guadalupe (actual Palacio de Correos) y del Mercado de San Agustín; además de eso en esta calle tambien funcionaron dos escuelas, una de instrucción pública correspondiente al Cuartel 4° y una escuela católica, la casa donde funcionó la primera de estas anterior a tener esa función era propiedad del Sr. Antonio Márquez, quien a su vez fungió como relojero de la Catedral. 

Vista actual de la Calle del Aguador desde el extremo poniente (tomada de Google Earth)





El Tesoro del Obispado (ocurrió en la esquina de Benito Juárez y Santiago Tapia)

Recorrer los rincones de la ciudad es sin duda un deleite para la vista pues sus construcciones palaciegas endulzan la vista con el aire im...