jueves, 15 de septiembre de 2016

El Tesoro de San Francisco y los Insurgentes (ocurrió en el Convento de San Francisco)

Muchas leyendas se han tejido basándose en la turbulenta historia que tiene la ciudad, una de ellas está, que cuando se se lee es capaz de transportar a otra época, para después quedarse con una sola duda.....¿acaso fue real este hecho?....y de ser así ¿qué ocurrió?, la verdad quizá nadie la sepa, pero tales palabras pasaran de generacion en generacion como lo han hecho hasta ahora. A continuación les dejo el texto en que se narra como ocurrieron los hechos en este, uno de los sitios con mayor misticismo de nuestra Morelia, juzga tu mismo y decide si creer o no creer.

Templo de San Francisco en la actualidad

Indagando yo una vez algunas noticias acerca de don Mariano Matamoros, tropecé con un viejo gordo, de cara ancha y redonda, de hablar insinuante, y pausado, criticón en demasía, sincero y generoso, indio de pura sangre, no pobre pero tampoco rico, empuñando siempre un bastón matacán, embozado en las aguas y en la seca, en el invierno y en el estío, con capote gris de paño de lana, amante de anécdotas y de leyendas, de cuentos y de historias, con ímpetus agresivos a las veces. Este buen señor me llevó a un bodegón del costado sur del mercado de la Constitución, que habita una familia pobre que se mantiene de vender canastas de carrizo, petates de tule, cucharas de palo, mecates y costales de ixtle, molcajetes de piedra china, loza de barro y otros chismes. Este bodegón apuntado que ve usted -me dijo-, era el descanso o sala De Profundis de los Hermanos Terceros de San Francisco. Ahí esta la alacena donde se guardaban el paño mortuorio, los cuatro candeleros negros, los cirios amarillos, el crucifijo, y estandarte con el escudo de la orden. Ahí está el poyo donde se sentaban los veladores. Ahí está la puerta que comunicaba con la casa del sacristán a donde los Hermanos Terceros que velaban, iban a tomar el café o las hojas de naranjo para soportar la desvelada. Pues bien, aquí velaron el cadáver de Matamoros, después de haber sido fusilado. Después me condujo a otro bodegón ocupado por otra familia cuyo comercio consiste en vender trastos de barro de Tzintzuntzan; Santa Fé y Pinicuaro. Este se encuentra en la parte sur de las ruinas del convento de San Francisco. Es de bóveda de crucería con una magnífica puerta románica coronada por el escudo de la orden; la cruz sobre el mundo, dos manos llagadas y cruzadas a la mitad de la cruz y las cinco llagas. Las maderas de la puerta labradas en cedro, ostentan envejecidas el bello arte de los maestros carpinteros antiguos que esculpían y ensamblan con un primor jamas igualado. Este salón -me dijo-, era el anterefectorio; sobre esos poyos que hay a lo largo de los muros, aguardaban los padres la señal para entrar a refocilarse. Por la otra puerta, por la puerta de sobria arquitectura penetramos en salón inmenso de bóveda de cañón. Este salón de gigantescas proporciones era el salón de penitencia. Aquí se disciplinaban los frailes antes de ir al refectorio por la noche.

De allí me condujo al patio principal o claustro del convento de arquitectura bizantina donde está la gran escalera en cuyo fondo hay una puerta que parece a todas luces estar tapiada con ladrillo y argamasa. Esta puerta - me dijo- tiene un secreto que quizá sólo yo sepa; porque fui acólito del convento en mi niñez y de entonces acá no he revelado a nadie; más ya que usted es amante de cosas misteriosas y secretas voy primero a abrir la puerta para penetrar en el escondite. Venga usted por aquí, me dijo, y me llevo por el lado del patio chico donde me mostró una pequeña claraboya guarnecida de una reja de hierro en forma de cruz, situada como a tres metros del suelo. Por aquí, me dijo, penetra el aire y la luz al escondite. Y subiéndose en un cajón de empaque para ponerse a la altura de la claraboya, cogió el centro de la reja dándole media vuelta sobre el centro. Se escuchó un rechinido propio de los hierros enmohecidos, como crujir de goznes. Entonces acudimos a la puerta tapada, y vi que aquel bloque de ladrillos y argamasa encuadrado en una armadura de hierro se había abierto al empuje de una bien arreglada combinación de palancas. Penetramos en aquel cuarto iluminado apenas por la débil claridad que entraba por la claraboya y pude ver en el fondo otra puerta angosta y un poco más alta que un hombre.

Abrimos la madera que era de primorosa marquetería. Encendimos unos cerillos y comenzamos a bajar por una angosta escalera hasta poner los pies en el pavimento de una sala cuadrada con recia bóveda de crucería, de cuyo centro pendía una araña de hierro. Buscamos algo en que subirnos para alcanzar un cabo de vela de cera que aún estaba en uno de los arbotantes y lo encendimos. A la luz de aquella cera antigua e inesperada comenzamos a examinar una a una todas las losas sepulcrales que estaban alineadas a lo largo de los cuatro lienzos del muro que formaban la sala. Uno de los nichos mortuorios estaba vacío y junto a el había un montón de escombros.

Aquí, me dijo, estaba escondido un tesoro desde tiempo inmemorial y fue descubierto de la manera que voy a referir a usted. Nos sentamos sobre los escombros y después de toser dos o tres veces en voz que resonaba lúgubremente en aquel recinto subterráneo, habló poco más o menos de la siguiente manera:

Era el primer año de la guerra de independencia, las autoridades virreinales habían enviado al convento de San Francisco a unos españoles y a unos criollos en calidad de prisioneros por creérseles con fundamento, complicados en la insurrección contra el rey. El guardián del convento recibió a los prisioneros; más como buen mexicano era amante de la independencia de su país, y por lo mismo los ocultó en este sótano donde estamos, simulando que se habían escapado durante la noche por las tapias del convento. Sólo el sabía el secreto y a mañana y a tarde les llevaba agua y alimentos para sostener su vida. Así estuvieron por algunos días mientras se disipó la tormenta desatada contra el patriota guardián.

Un día o más bien una noche, porque aquí siempre es de noche, que uno de los encerrados clavaba unos clavos para colgar los sombreros y las ropas, notó que los clavos se hundían tan fácilmente como si aquella pared estuviera hueca, aparte de un sonido metálico muy fino que se producía por detrás del muro.

Al venir el guardián a traerles los alimentos, le hicieron observar aquellos sonidos, e inmediatamente procedieron a echar abajo la pared de tabique. !Oh asombro! De arriba a abajo estaba el nicho repleto de sacos de pesos españoles ennegrecidos por la acción de los años. Sacaron aquel dinero enseguida y fue siendo trasladado poco a poco a la tesorería del convento sin haber memoria de aquel guardado cuantioso.

Habían pasado los días y la insurrección seguía adelante. El guardián dio libres a los españoles y a los criollos que de noche salieron de la ciudad para incorporar a las fuerzas de aquel rayo de la guerra que rompió el sitio de Cuautla, llevando consigo una carta que ponía a disposición del caudillo para los gastos de la guerra aquel tesoro descubierto en la cripta olvidada del convento de San Francisco.

Salimos de aquel escondite ya entrada la noche. Nuestros pulmones ya necesitaban respirar libremente y a bocanadas el aire libre. El señor de hablar insinuante y pausado cerró de nuevo la puerta de ladrillos y argamasa para no abrirse jamás, volteando al contrario la reja en forma de cruz de la claraboya y nos despedimos abismados y pensativos.

Al día siguiente de estos sucesos hice una visita al guardián moderno de San Francisco, preguntándole algo relativo a lo que me había referido el indio de hablar insinuante y pausado a la mortecina luz de antiguo cabo de vela sentados sobre los escombros de una sepultura, respirando un aire encarcelado y caliente.

Una sonora carcajada del guardián resonó en la antesacristía del templo perdiéndose de eco en eco: -"No, amigo mío, no es cierto nada de eso. Es una leyenda como cualquiera otra. Tengo en mi poder un papel viejo que voy a enseñar a usted."

Se levantó de su asiento el buen religioso y se encaminó a un cofrecillo, de donde saco un papel amarillento escrito con pluma de ave y letra española, que a la letra dice:

En este convento de mi cargo estaban y fueron puestos en libertad diez y ocho europeos, cuyos nombres ignoro, porque en la entrega que se me hizo de ellos, no se me acompañó lista; y aunque en la misma noche del veinte y seis fueron conducidos en compañía de los inocentes europeos seis delincuentes criollos, que admití sólo por las circunstancias: éstos a la noche siguiente se fugaron por las tapias del convento.

Dios guarde a Vuestra Merced muchos años, Valladolid 29 de diciembre de l8l0. Fray Miguel Rodríguez. General de San Francisco. Señor Alcalde de Segunda División Ramón Huarte.

-"Este documento le prueba a usted que todo lo que le refirieron a usted no es más que un cuento fantástico.
Por lo demás ni había tal tesoro, ni ocultaron a los prisioneros, ni favorecieron la fuga, ni enviaron carta a Morelos, ni aunque hubiera habido tesoros se le habría mandado un solo centavo, dado que de lo que es de la comunidad, no podemos disponer sin autorización superior, ni nos metemos, ni podemos meternos en política, aunque seamos mexicanos y por lo mismo patriotas."

El Sol había llegado a la mitad del cielo lanzando flechas encendidas, cuando yo salí de la antesacristía de San Francisco, deslumbrado por la aparición de la verdad sencilla y placentera.

Días después tropecé casualmente con mi viejo narrador, enseñándole el documento que tomó en sus manos y leyó detenidamente después de calarse la empañadas gafas.

-"Es la verdad-me dijo-, pero cómo anda usted a caza de leyendas, no tuve empacho en urdir la que le conté para divertirlo un rato. Si hice mal perdóneme, pero creo que los cuentos referidos por mi son muy divertidos. . 

Después de tenderme y estrecharme la mano se alejó paso a paso, contoneándose como pavo mexicano por no decir guajolote.
Como me lo contaron te lo cuento.

Vista de lo que sobrevive del convento
Franciscano de Valladolid

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