miércoles, 25 de octubre de 2017

El Tesoro del Obispado (ocurrió en la esquina de Benito Juárez y Santiago Tapia)

Recorrer los rincones de la ciudad es sin duda un deleite para la vista pues sus construcciones palaciegas endulzan la vista con el aire imponente que de ellas sale, una de estas construcciones es la que en tiempos del virreinato fungió como Palacio del Obispado de la Ciudad de Valladolid, ubicado en la esquina que se forma del cruce de las calles de Benito Juárez y Santiago Tapia (ahora oficinas de la Secretaría de Salud Pública) y en el cual se entreteje uno de los misterios más arraigados en la memoria de los moradores de la antigua Morelia.

Fachada del antiguo Palacio del Obispado

El Obispado Viejo del cual apenas quedan las señales, era un verdadero palacio colonial cuya ruina comenzó a mediados del siglo XIX. El jaramago, verdadera flor de las ruinas, la maleza y las campanillas azules poblaban sus patios cubiertos de escombros. Aquí, los muros ennegrecidos, manchados de musgo; allí, capiteles y fustes de columnas rotas y tiradas por el suelo; allá, el oratorio con sus bóvedas agrietadas y sus puertas esculpidas coronadas de escudos con cimeras flotantes de hiedra.

El búho, la lechuza, el murciélago y la lagartija eran los únicos moradores de esas ruinas, hasta que un día se presentó un alfarero que las arrendó, para establecer allí una fábrica de loza vidriada y azulejo de colores, hizo estanques en el sitio donde estuvo la huerta para echar a podrir la arcilla, construyó hornos, contrató operarios, llenó de leña los cuartos que había en buen estado aún y en seguida se comenzó el trabajo con tal ahínco que en breve pobló los mercados de loza y las cúpulas de azulejo.

Este maestro alfarero era más bien buscador de tesoros que hacía tiempo sabía que allí, en el Obispado Viejo había enterrado desde la guerra de independencia, un tesoro que superaba a toda ponderación y que él quiso buscar con el pretexto de poner allí la alfarería. Había oído que en la noche del jueves santo, pasaban en aquellas ruinas cosas maravillosas que sin duda se relacionaban con su intento y a todo trance quiso presenciarlas llegado el caso. Mas antes, no dejó de hacer sus pesquisas que siempre resultaron infructuosas. De noche, cuando todo callaba, menos el graznido de la lechuza y el ronco gemido del búho, el alfarero se entregaba a las excavaciones con el mayor silencio y sigilo, ya debajo de la ancha escalera sin peldaños, ya en el maltrecho pavimento de la biblioteca, ya en la fuente seca de la huerta, ya al pie de un añoso fresno rodeado de retorcidos y viejos limares, ya en este o en aquel muro macizo donde había sonado hueco, al golpear con el mango del zapapico. Pero jamás encontró sino pedazos de tibores, fragmentos de vidrio, cueros y otras baratijas de ningún valor ni importancia. Cuando los operarios le preguntaban la razón de aquellos escarbaderos, contestaba que eran para proveerse de barro; pues no lo había en ninguna otra parte de mejor clase, aunque no los dejaba convencidos. Es un hombre misterioso, decían, quizá un brujo que anda buscando dinero enterrado que muy bien pudieron haber dejado aquí los gachupines cuando fueron expulsados del país. Los vecinos del templo del Carmen que oían de noche el acompasado golpear del zapapico, se asomaban por las hendiduras del portón o por las grietas de los muros y le veían fatigado y sudoroso cavando y cavando, a la escasa y rojiza luz de un mechero de ocote y manteca que daba al cuadro un aspecto fantástico, produciendo tonos calientes y sombras movedizas.

Antigua Calle del Obispado

Llegó por fin la ansiada noche del jueves santo. La luna llena había subido hasta la mitad del opalino cielo, derramando su luz melancólica y tibia sobre aquellas pavorosas ruinas. El alfarero sentado en una basa rota con los codos en las piernas y la cara entre las manos, aguardaba impaciente la hora precisa en que comenzaba el prodigio. Sonó lentamente el reloj de la catedral, una, dos, tres, cuatro agudas campanadas y después, la una de la mañana; y !oh prodigio inenarrable! Comenzaron a afirmarse los cimientos del palacio, a colocarse las basas, las columnas, los capiteles y los arcos en sus lugares; se rehicieron muros y techos, se iluminaron los salones, se colgaron los paños de tapiz, aparecieron los blasonados sitiales como en los tiempos de fiestas y de recepciones episcopales. Del salón del trono salió un obispo con el rostro descarnado a quien seguían unos pajes con rostros pálidos y miradas perdidas que iban cargados de cofres forrados de cuero prendido con tachuelas de cobre dorado y abrazaderas de hierro. Bajaron la empinada escalera de mármol y se dirigieron por los anchos corredores del piso bajo hacia un cuarto que coincidía con el esquinar del palacio y en el cual el alfarero había puesto su estancia. Este, que se había levantado maquinalmente de su asiento, seguía y presenciaba aquella extraordinaria escena con aterrados ojos. Los pajes, dejando en el suelo los cofres, despejaron el cuarto de los muebles que tenía y que eran un dosel de terciopelo rojo con franjas de oro, un sillón blasonado y una mesa torneada, sobre la cual había un crucifijo de marfil amarillento.

En el lugar donde se ostentaba el dosel cavaron un poco y después de haber removido una enorme losa armada de dos argollas de hierro de cada uno de los extremos, bajaron por una escalinata a un subterráneo obscuro y profundo que se vio iluminado repentinamente por las hachas encendidas que los pajes llevaban en las manos. Al ser las sombras heridas por la temblona luz de las hachas, se dibujaron en las paredes sarcófagos sobre los cuales había borrosas inscripciones. Sobre el pavimento pusieron los cofres y para revisar los objetos en ellos encerrados, los abrieron y en una mesa que allí había, fueron poniendo uno a uno los ornamentos sagrados y las alhajas. Ternos toledanos recamados de oro, plata y seda; ternos florentinos bordados de imaginería; capas pluviales, frontales, almaizales y palios suntuosos; mitras cuajadas de perlas, báculos, pectorales, incensarios y vinajeras de oro esmaltado; relicarios de plata cincelada y dorada a fuego; anillos pastorales con esmeraldas, amatistas y brillantes. Después de haber tomado nota de tanta riqueza, fue de nuevo guardada en los cofres y cerrados estos con llaves de hierro cincelado. Salieron uno tras otro el obispo y los pajes, dejando caer sobre la entrada del subterráneo la pesada losa provista de dos argollas de hierro en sus extremos. En aquellos instantes volvieron a desplomarse con gran estrépito los techos artesonados, los muros, los arcos y las columnas; nació y creció por encanto la colosal y exuberante vegetación que antes había esmaltado las ruinas.



El alfarero aturdido y aterrado volvió en sí a los primeros rayos de un Sol primaveral, sentado aún en la basa rota con los codos en los muslos la cara entre las manos y el rocío en la cabeza calenturienta y desvanecida. Las matracas de las iglesias resonaban en sus torres, llamando a oficios. La gente iba y venía afanosa para contemplar los pasos dolorosos de Cristo en aquel viernes santo cubierto de flores y de los perfumes de la primavera.

En una semana desapareció de las ruinas del obispado viejo el alfarero, sin saberse más de él, quedando sólo para memorias los muros ennegrecidos y las bóvedas ahumadas por el espeso humo de los hornos de la alfarería. La gente extrañando que de nuevo quedasen desiertas la ruinas exclamaba con frecuencia: !Qué va. . . el alfarero sacó el tesoro y se fue con él a disfrutarlo!, aunque hubo quienes afirmaban que por cosa del diablo el alfarero había sido arrastrado al mas allá por atreverse a profanar aquel sagrado tesoro del Obispado Viejo.


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